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libro:
"La Risa y la Salud"
(El nuevo Código de la Risa) Por el año 1975, estudiando las causas de la artritis reumatoidea, enfermedad considerada psicosomática y autoinmune, el psiquiatra George Solomon junto con el inmunólogo Alfred Amkraut, empezaron a buscar las claves que podían relacionar a la mente (la psiquis) con el .sistema inmunológico. Como resultado de numerosas y determinantes experiencias con ratas a las que se les producía estrés, Solomon propuso que a esta nueva disciplina se la llamara psicoinmunología. Una pregunta evidente y de singular importancia surgió: si la mente (a través del cerebro) puede influir en el sistema inmunológico, ¿hay alguna manera de controlar o dirigir esa influencia? Condicionando a las ratas a suprimir la acción de sus sistemas inmunológicos, el psicólogo Robert Ader y el inmunólogo Nicholas Cohen, de la Universidad de Rochester, estuvieron en condiciones de anunciar que el supuestamente inmutable sistema inmunológico podía ser influenciado. Creían que cualquier reacción condicionada dependía del sistema nervioso, así se agregó el concepto “neuro” a la psicoinmunología, transformándose en psiconeuroinmunología (PNI). Pero declarar que el sistema inmunológico podía influenciarse en forma dirigida, fue algo más de lo que muchos médicos podían aceptar. Por desafiar algunas ideas reverenciadas en la medicina, la PNI fue recibida con desgano y sospecha, con indiferencia y hasta con hostilidad manifiesta por parte de los tradicionalistas. Algunos de estos sentimientos antagónicos continúan hasta la actualidad. No obstante, esta postura de Robert Ader coincidía con las investigaciones que llevaba a cabo --respecto de las conexiones entre la mente y el cuerpo-- el Grupo de Trabajo en Psiconeuroinmunología en la UCLA, y donde intervenía Norman Cousins, quien así lo cuenta: “Nuestro objetivo era estudiar la bioquímica de los estados emotivos. ¿De que manera se registraban en el cerebro la esperanza, la voluntad de vivir, la fe, la risa, la alegría, el propósito o la determinación? ¿Qué efecto tenían sobre el cuerpo? ¿Era posible que el cerebro pudiera desempeñar un papel activo en el proceso de curación?” Entonces: ¿es posible orientar conscientemente a nuestro cerebro --a través de trabajar con la mente-- para ayudar, fisiológica y realmente, a recuperar la salud? La espiral descendente del malestar emocional contribuye a la incidencia de cualquier enfermedad, y mucho más si ésta es de las consideradas “graves”, ya que causa directamente un crecimiento celular anormal y disminuye la competencia de la función inmunitaria. Sin embargo, gracias a los mismos procesos mentales también se puede restablecer y reforzar la respuesta inmunitaria. Por ejemplo, el uso de la imaginación o la visualización creativa, donde se trabaja “ayudando” mentalmente a todo el sistema inmunológico, en su batalla contra los aspectos fisiológicos de la enfermedad, comenzando por la mismísima intimidad celular. Se ha comprobado que estos ejercicios tienen el efecto de estimular los linfocitos, incrementar la producción de anticuerpos y de interleuquina-2, favoreciendo la actividad de los linfocitos K y aumentando la efectividad de las células T citotóxicas. Todo lo explicamos en detalle en el capítulo siguiente. Según Cousins: “el sida es otro ejemplo del hecho de que nuestra manera de pensar en una enfermedad tiene efectos definidos sobre su desenlace”. Si el enfermo cree que su dolencia es grave y se complicará cada vez más, es altamente probable que genere respuestas fisiológicas tan desfavorables que lo lleven a la muerte a causa de esa enfermedad. Lo contrario también es cierto: si cree que --aún contra diagnóstico-- logrará someter a su mal, es altamente probable que lo logre. Hasta se podría asegurar que los “portadores” del virus que “trabajan” las emociones, sentimientos, pensamientos, lenguaje y actitudes positivas, y, por supuesto la risa, no pasan a “enfermos”. De allí su aforismo: la creencia crea la biología. Tal vez uno de los más profundos en la historia de la medicina. Finalmente, ingresa en todos estos estudios la enorme “orquesta hormonal” y se descubre que los tres sistemas (inmunológico, nervioso y endocrino) aparecen profundamente interrelacionados, y se agrega otra palabra a la ahora nueva ciencia, quedando conformada como psiconeuroendocrinoinmunología (no se preocupe por pronunciarla correctamente de entrada). La conclusión importante, según Locke y Colligan, es que todas las investigaciones presentadas indican que en la mayor parte de los sectores de la salud, las ideas de la PNI resultan muy valiosas. Valorar el papel de la mente en los procesos de las enfermedades es el gran paso para desarrollar un nuevo campo en la medicina. Los objetivos finales de la PNI es lograr una comprensión más profunda de los estrechos lazos neuronales, hormonales e inmunitarios entre la mente y el cuerpo, mediante la apreciación y la práctica de los poderes curativos de lo que habita en el ser humano: su alma o espíritu. (continúa) | ||
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