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En la década del veinte, y amenazada por una guerra que había
comenzado en Europa y se extendía amenazante hacia otros países del
mundo, la familia Pantaleo debe dejar su Italia natal y trasladarse
a la Argentina. Mario, uno de los hijos del matrimonio, recaló como
pupilo en un hogar salesiano de Córdoba, donde los suyos se habían
instalado, y el muchacho, al que sus padres lo habían dejado al
cuidado de una tía, retornó a su tierra natal. Allí, siendo ya un
adolescente, intentó reunirse con sus familiares, pero su esfuerzo
fue vano. Atraído por su fe religiosa se ordenó sacerdote católico
y
comenzó un corto peregrinaje por Italia. Allí fue su
confesor otro sacerdote sanador: el
Padre Pío, de Pietrelcina (en este caso monje
franciscano), quien, además, le vaticinó que se preparara pues
Mario iba a a hacer lo mismo que hacía Pío. En 1946 retornó a la
Argentina decidido a sumarse a la tarea de la Iglesia en un país
ya conocido por él.
El padre Pantaleo conoció aquí la miseria de miles de seres
enfermos y empobrecidos. Desde alguna pequeña capilla o a cielo
abierto logró rodearse de esas mujeres, hombres y niños que
necesitaban no sólo palabras de consuelo, sino también la inmensa fe
que ese cura cordial les impartía con sus manos, con esas manos que
guiadas por algún poder secreto podían diagnosticar y sanar a
quienes, cada vez con más convicción, se acercaban a su figura
humilde y siempre dispuesta a ayudar a sus semejantes.
Como su última "sanación", en su lecho de muerte de una adolescente
extranjera desahuciada a raíz de un terrible accidente.
Perla, una mujer que ve en él a un ser ávido de hacer el bien, lo
apoya en su obra benefactora, y ambos construyen una iglesia en
González Catán, a la que llegan cada vez más los urgidos por
enfermedades y pobreza. Frente a ellos, sin embargo, están los que
dudan de sus poderes, y ambos enfrentarán el recelo de las altas
autoridades de la Iglesia Católica, del gobierno de turno y de los
responsables de la ley.
A fines de la década del 70 el padre Mario soñaba con una obra
que le permitiera llegar a mayor cantidad de personas, y así
comienza a organizarse junto a sus colaboradores más cercanos para
lograr su sueño. Todo ello está plasmado en este film bello en su
mensaje y humano en su necesidad de ayuda a quienes vieron en él a
un fascinante sacerdote que hablaba el mismo lenguaje de quienes se
le acercaban con el propósito de sanar sus males.
Reconstruir estos trozos de vida del padre Mario, detenerse en su
férrea voluntad para cobijar a los desposeídos y mostrar el amor y
la humildad que lo convirtieron en un sacerdote alejado de oropeles
fue la labor que, como guionistas, se impusieron Alejandro Doria y
Juan Bautista Stagnaro por medio de cálidos trazos en los que
muestran a ese cura inmerso en su problematizada existencia. Como
director, Doria se decidió por la sencillez de su puesta en escena y
por el cálido ámbito que rodeó al protagonista y a quienes
estuvieron a su lado en una ciclópea labor de caridad y de ternura.
El realizador supo, sin duda, que esta historia necesitaba de
calidez y de bondad para resumir una vida inmaculada y por ello
logró, a través de una impecable dirección de arte, de una excelente
música y de una notable fotografía conformar esa existencia siempre
dispuesta a la permanente ayuda a los demás.
A ello debe sumarse la notable labor de Jorge Marrale que compone
con enorme exactitud a ese padre Mario de sonrisa bondadosa y de
palabras simples, logrando por momentos mimetizarse
de una manera asombrosa en el padre Mario, y el
preciso trabajo de Graciela Borges, como
Perla, la mujer que secundó al sacerdote en su largo peregrinaje
dentro de un micromundo poblado de candor y de luchas cotidianas.
"Las manos", pues, queda como un necesario homenaje a ese cura
tierno y comprensivo que transitó los dolores ajenos para hacerlos
propios en medio de la ternura que, como caricias tenues, recorrió a
sus seguidores que vieron en él a un ser que abrió sus brazos para
amparar la tristeza de aquellos que estuvieron a su lado con
devoción e infinita fe.
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Las manos
Las manos
Argentina-Italia,
2006,
119 minutos
Dirección
Alejandro Doria
Guión:
Alejandro Doria y
Juan B. Stagnaro
Fotografía:
Guillermo Behnisch
Montaje:
Marcela Sáenz
Protagonistas:
Jorge Marrale,
Graciela Borges,
Duilio Marzio,
Belén Blanco,
Carlos Portaluppi

Género
Drama
Estreno en
Argentina
10/08/2006
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