|
|
|
|
|
| ||
|
del libro:
"La Risa y la Salud"
(El nuevo Código de la Risa) Una de las características más maravillosa de los niños es que el presente los absorbe totalmente: consiguen involucrarse por completo en lo que hacen, ya sea observar un bichito, dibujar, construir un castillo de arena, o cualquier cosa en la que decidan canalizar su exhuberante energía. Viven fascinados, son curiosos, su capacidad de asombro y de juego no se agota. Claro que “jugar” en los tiempos que corren ha cambiado mucho. Ya no existen muchas casas con patios amplios y al aire libre, y no es fácil jugar en la calle como se hacía algunos años atrás a todo tipo de juegos: la escondida, la rayuela, la mancha, la hamaca, saltar con la soga, el fútbol, andar en bicicleta, sin que los padres nos miraran. Es indudable que el movimiento de personas y del tránsito se ha incrementado grandemente y convierten la vía pública en un espacio donde hay que tener mucha precaución (salvo todavía en algunas ciudades pequeñas de provincia). Tampoco todos los padres tienen el dinero suficiente como para pagar una cuota para que sus hijos usen de las instalaciones de un club o de alguna pileta para nadar. Aunque por suerte existen las plazas y parques públicos donde es posible que los niños se diviertan gratuitamente y sin riesgos. Por otra parte el estilo y la tecnología en los juguetes y en los artefactos electrónicos establecen otras pautas lúdicas (donde existe una carencia muy grande del saludable compromiso físico): televisores color, vídeo-caseteras, video-juegos, la computadora, Internet, y de esta manera tampoco tienen los niños (y menos aún los adolescentes) relación con el medio ambiente y comienzan a aburrirse, puesto que exploran poco y experimentan menos. Tampoco existen, en las grandes ciudades, muchas posibilidades de jugar con sus pares porque deben involucrarse sus padres, llamando por teléfono para invitar, actuando de mediadores y de estimuladores, y no deja de ser una molestia. Por eso es necesario incentivarlos a que jueguen solos con su fantasía, su inacabable imaginación. En este tipo de juegos, el niño aprende a ser libre, porque es donde inventa la mayor cantidad de tácticas, estrategias y alternativas. Eso lo prepara mejor para los cambios de la vida. La fantasía es la fuente más importante de la creatividad.
Pero aún jugando solos, se encuentran con que algunos
padres también los limitan: se obsesionan con el orden y la limpieza de la
casa y los retan cuando ensucian o desparraman sus juguetes o tiran cosas.
No los dejan jugar con agua porque se mojan; con cualquier cosa que pueda
arrojarse porque pueden romper algo; no pueden pisar el pasto porque hay
suciedad de perros... “Niño, deja de joder con la pelota, que eso no se
hace, eso no se dice, eso no se toca”, nada más representativo que este
párrafo de la canción de Joan Manuel Serrat para reflejar de qué modo se
relacionan a
menudo
los
adultos
con
los
chicos. Ante todo lo expuesto, fácil es deducir que son muy pocos los padres que se involucran a jugar con sus niños. Los padres que nunca, o muy pocas veces, abandonan su postura de seriedad para jugar con los hijos no saben lo que se están perdiendo y hasta el daño que están ocasionando: “ahora no, estoy muy cansado”; “no puedo hoy jugar con vos pero el fin de semana lo vamos a hacer”. Los hijos se ven frustrados en sus ganas incontenibles de jugar con los padres, y ellos también pierden el momento precioso de relajarse, reír, divertirse, liberar las tensiones y llenar la mente y el corazón con la legítima alegría de la vida. Para los que tienen la dicha de tener aún niños cerca, ya sean hijos, nietos, sobrinos o vecinitos, les sugerimos que les propongan al niño o niña: “¿vamos a jugar a reírnos?”. El niño está inmediatamente bien dispuesto y comienza riéndose verdadera y francamente y nosotros lo hacemos forzando al principio, pero luego, la alegría efusiva del niño nos contagia como una explosión de felicidad y terminamos riéndonos francamente junto con él, o ella. Cuenta Milan Kundera: “Yo le decía a mi hermana, o ella me decía, ven, ¿jugamos a reír? Nos acostábamos uno junto a la otra en la cama y empezábamos. Para hacer como que hacíamos, por supuesto. Risas forzadas. Risas ridículas. Risas tan ridículas que nos hacían reír. Entonces venía, sí, la verdadera risa, la risa entera a arrastrarnos en su rompiente inmensa. Risas estalladas, proseguidas, atropelladas, desencadenadas, risas magníficas, suntuosas y locas... y reíamos al infinito de la risa en nuestras risas... Oh, risa, risa del goce, goce de la risa; reír es vivir tan profundamente” (68). Escribió Bob Talbert: “No puedo imaginar un hogar sin risas, ni un mundo tan falto de buen humor que se desconozcan en él las bromas. El humorismo es el palpitar del hogar, la leña que nos da calor y el detonador de la vitalidad que irradiamos. La risa nos guía, nos forma y, muchas veces, nos libera de aflicciones y pesares”. Somos nuevamente los adultos los que frenamos esos impulsos con otros “mandatos”: “el que ríe mucho el viernes, llora el domingo”; “a la mujer que se ríe fuerte la confunden con una de vida fácil”; “¡no te rías en la cama porque después te orinás!”; “la risa molesta las conversaciones de los mayores”. Nada menos que el filósofo alemán Emmanuel Kant, recomienda vivamente a los padres que los niños deben ser acostumbrados muy pronto a reír francamente, debido a que “los risueños rasgos del rostro se imprimen poco a poco en el interior y asientan una disposición a la alegría, afabilidad y sociabilidad, que preparan tempranamente esta aproximación a la virtud de la benevolencia”. Escribió Conrad Hyers: “Los niños poseen un notable talento para no mostrar por el mundo de los adultos el respeto que nosotros estamos tan seguros que merece. Para irritación de todo tipo de representantes de la autoridad, los niños dedican una considerable energía a hacer el payaso. Ellos no quieren apreciar la gravedad de nuestras descomunales preocupaciones, mientras que nosotros olvidamos que, si nos hiciéramos un poco más como los niños, puede que nuestras preocupaciones no fueran tan descomunales”. Afirma Lauro Trevisan (140): “juegue porque la vida toda es como un niño...el mundo del niño es el mundo de la imaginación, que crea castillos de fantasía y vive entre príncipes y hadas”. Los adultos debemos recuperar esos estados: nuestros castillos son un “lenguaje sonriente”, las EP, los eternos (si los dejamos) momentos de alegría. “Si no os convertís en niños, no entraréis en el reino de los Cielos”, enseñó Jesucristo. (continúa) | ||
|
|
|