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del libro:
"La Risa y la Salud"
(El nuevo Código de la Risa) Inicialmente, podemos considerar al ego como la henchida sensación de importancia propia. Desde este punto de vista se puede hablar que es hasta importante tener un ego fortificado, para no ser víctima de tantas personas y circunstancias que tienden a desvalorizarnos. Lo mismo que el cuerpo físico, el ego no puede ni quiere subsistir sin alimento. Debe ser nutrido con claridad de propósito, con iniciativa personal, con acción continua, mediante planes bien organizados. Debe ser sostenido por el entusiasmo, alimentado por la atención vigilada, controlado y guiado mediante la autodisciplina y el pensamiento exacto. Asegura Napoleón Hill: “ningún hombre será dueño de nada mientras no se convierta en dueño de su propio ego” (o al menos en un aliado). Cuando lo aceptamos y lo vamos corrigiendo paulatinamente, nuestro ego puede inspirarnos para adquirir, fundamentalmente, confianza en uno mismo y exactitud de juicio, cualidades que, junto con otros hábitos voluntarios o EP, son necesarios para poder procurarse, y conservar, muchos beneficios como estudiar y prosperar en abundancia. Por otra parte debemos saber que el ego no puede desaparecer porque necesitamos de él para actuar en este plano físico. Pero cuando el ego es la medida de todas las cosas; cuando las demás personas no cuentan o sólo cuentan si sirven a nuestros intereses; cuando “consumir” o “tener” es más importante por el afán de poder, dinero, prestigio, competitividad, aparentar, exhibirse, utilizar a las personas para el propio beneficio... entonces nos volvemos superficiales, andamos con prisas, vivimos crispados y en tensión, nos enojamos por cualquier cosa, usamos malos modos, vivimos resentidos y malhumorados, siendo generadores de nuestras propias angustias. Últimamente se ha comenzado a advertir que es además nuestro ego el que nos hace planteos constantes, la mayoría de las veces “en contra” de uno mismo. No quiere “ceder” el dominio de nuestra personalidad y menos aún permitirnos una evolución espiritual que nos aleje de su reino dominante y ego-ísta. Nuestro ego nos dice que somos únicos y especiales y tratará de probarlo de mil maneras. Siempre tiene todas las razones del mundo para justificar su posición: en especial cuando nos enojamos con alguien; entonces encontramos las razones lógicas a nuestro enojo que nos llevan a juzgar y a condenar. Además, busca aliados: tratamos de convencer a todos de nuestras razones. Con respecto a terceros, el ego nos lleva a determinar, por ejemplo, quien está acertado o equivocado, quien hace bien o mal las cosas, quien merece lo bueno o no, sumiéndonos en un mundo de interpretaciones falsas. El éxito de cualquier relación humana reside en la aceptación y comprensión recíprocas. De la misma manera en que se interrelacionan todas las emociones, hasta las negativas con las positivas. Traslade esto último que ha leído hacia el tema del perdón: es necesario entregar el problema a una autoridad “superior” que nos haga comprender aquello que no entendemos ni aceptamos de parte del otro, a causa de esa “justicia humana” que nuestro ego intenta hacernos ejercer. En el otro extremo, el espíritu (¿o el alma?) nos indica que todos somos Uno, formando parte de una multiplicidad de almas donde sólo existe la Unicidad, que no existe ninguna separación. El aspecto del ego al que nos referimos es lo que los sistemas espirituales consideran como una ilusión de dualidad: el sentimiento de estar separado, de estar solos, alejados, ¿de quién? de la Divinidad. El ser humano, a causa de su ego, siente que se las tiene que arreglar solo, que si existe algo superior que nos guía y nos protege está tan lejos de esta vida terrenal, que aquí es difícil lograr su ayuda. Sin embargo, aquí también está la respuesta: en la intimidad de su alma, lo que más anhela el ser humano es la Unicidad, volver a fundirse con su verdadera esencia, la de ser Uno con Dios y en Dios, dejar de sentir esa soledad metafísica que tanto lo daña y que sin embargo no se da cuenta. Esto es lo que se explica desde esos textos tan largos que se llaman “Un curso de milagros”(44). El mismo swami Sai Baba dijo que Cristianismo significa “crucifixión del ego”. Y recuerde el otro: “la risa es la ausencia del ego”. (continúa) | ||
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