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del libro:
"La Risa y la Salud"
(El nuevo Código de la Risa) Para algunas líneas de conocimiento esotérico o espiritual no hay nada fuera de nosotros mismos. Para las líneas científicas y médicas tampoco. El mismísimo Carl G. Jung reveló que, a lo largo de su vida, había mantenido conversaciones con un arquetipo --o guía interior-- de nombre Philemon. Sin embargo, la forma en que lo describe pareciera traslucir algo más. En su libro “Recuerdos, sueños, reflexiones”, dice: “Philemon representaba la introspección en su más alto nivel. Era, para mí, una figura misteriosa. A veces me parecía real, como si se tratara de una personalidad viviente. Caminábamos por el jardín, y yo sentía que él era lo que los hindúes llaman un gurú”. A partir de aquí los seguidores de corrientes psicologistas y hasta escritores de distinta extracción, comenzaron a hablar del concepto de “guía interior” que surge del inconsciente (¿o subconsciente?) o de la imaginación y adquiere una especie de vida propia. Los científicos, y sobre todo los médicos, se convencieron y aferraron al criterio de que apenas puede considerarse discutir el tema como una especie de “expansión de la creatividad”, un conocimiento intuitivo personal que puede llegar hasta un estado “alterado de consciencia” y nada más. Todo está adentro: lo “sano” y lo “enfermo”. No se le debe atribuir poderes misteriosos o suponer que pertenecen a “otro mundo”. Y así es que muchos intentan explicar ciertos “fenómenos” de manera que es responsabilidad de nuestra psique, e inocentemente aseguran que lo que creemos “afuera” es, en realidad, nuestro Ser Interno, nuestro Yo Superior, nuestro Inconsciente (para otros Subconsciente), nuestra Mente, es decir: Uno Mismo. Para otros es nuestra Alma, y para otros nuestro Espíritu (una “partecita” del Gran Espíritu Universal o Espíritu Santo), distinguiendo de este modo entre “alma” y “espíritu”. Es interesante aquí --y especialmente para los que aprendimos a usar de la radiestesia-- preguntarse: ¿cuando se hacen averiguaciones, quién contesta moviendo el instrumento (péndulo, testeador o varilla)? Para las líneas que estamos describiendo es nuestro Ser Superior, una parte de nuestra mente que no es otro que uno mismo con todo el bagaje de experiencia adquirido a lo largo de la vida (y para unos pocos de vidas anteriores). Entonces aparece obligadamente otra pregunta: ¿si así fuera, no se correría el enorme riesgo de tergiversar las respuestas? Un poco más adelante se lo contestamos, antes veamos otros criterios. Todas --sí, leyó bien-- todas las tradiciones religiosas, orientales y occidentales, desde tiempos inmemoriales, nos adoctrinan (describiéndolo y nombrándolo de las más diversas maneras) de un ser “externo” que acompaña y guía a todos y cada uno de los seres humanos. A partir de la extracción judeo-cristiana, de la que se desmembraron numerosas religiones, este ser tiene ciertas características propias y una denominación muy especial: Ángel. La religión católica lo puntualiza aún más y habla del Ángel de la Guarda. ¿Será éste quien “responde”? ¿Será éste el Philemon no sólo de escritores sino también de niños, hombres y mujeres de este planeta? Para nosotros no existe ninguna duda. Sólo que apasiona profundizar en el tema e ir dándole cierta forma. Veamos. De alguna manera se nos enseña que desde nuestro nacimiento tenemos un ser “sobrenatural” que nos cuida, especialmente cuando somos niños. Luego, cuando crecemos pareciera que lo olvidamos o que esa entidad espiritual nos “deja” librados a nuestra suerte o al arbitrio de nuestra mente de adultos. Y en realidad no es así. Entendamos algo, estos conceptos no tienen nada que ver con lo religioso. Lo espiritual trasciende lo religioso. Y también lo humano. Usted continúe con sus creencias religiosas, si las tiene. En este punto es cuando más fuerza cobra la expresión “no es cuestión de creer sino de saber”. Cuando el famoso biólogo e investigador americano John Lilly (¿recuerda la Terapia de Flotación?) tenía diez años de edad, cursaba una crisis de fiebre tuberculosa y se le apareció su Guía Espiritual para preguntarle si se quería marchar con él hacia los otros Seres. El niño John le contesta que quería quedarse aquí y luego le pregunta a su Guía: -- ¿Y tú, te quedarás conmigo o te marcharás? -- Estaré siempre contigo, tanto tiempo como creas que puedes encontrarme. -- ¿Y te ocuparás siempre de mí? -- Sí, tanto tiempo como tú creas en mí. ¿Creerás siempre en mí? -- ¿Qué significa “creer en” ? -- “Creer en” es saber, es amar, es estar con. Soy. Eres. Eso significa. -- Soy. Eres. Creo en mí. Creo en ti. ¿Quieres decir ésto? -- Sí. En una de las más vívidas y concienzudas investigaciones sobre este tema, Pierre Jovanovic (61), afirma: “Si es indiscutible ya que tenemos un nivel de consciencia superior que graba todos los detalles de nuestra vida, también es indiscutible que el Ángel de la Guarda es único y está totalmente disociado de nuestra consciencia: está vivo y es independiente”. Y se ha probado en el 99 % de los casos de ECM (“experiencias cercanas a la muerte”) que se han estudiado. En Occidente se los llama “ángeles” por la fuerte formación religiosa, especialmente católica, pero como asegura Elisabeth Kübler-Ross: “...raramente tienen alas; el Ángel es el compañero; en California les llaman Guías, yo les llamo mis spooks; para los niños son sus compañeros de juego; los católicos les llaman Ángeles de la Guarda... y todos tenemos uno. Antes de nacer conocemos a nuestro ángel, simplemente lo olvidamos todo con el nacimiento. Sin tu Ángel no podrías sobrevivir en este mundo... depende de tu trabajo y de tu misión en esta vida, si es de alto riesgo tienes varios ángeles guardianes, pero si no haces nada en especial tienes al menos uno desde tu nacimiento”(67). Ahora se sabe que los niños, hasta alrededor de los 12 años de edad, tienen dos guías asistentes. Para John Lilly debieran llamárseles “seres de una dimensión superior paralela a la nuestra”. Guardianes, presencias, entidades, amigos, asistentes, guías, mentores, compañeros, “devas” para algunas religiones orientales. Nosotros preferimos llamarlos Guías Espirituales, con una consciencia propia, igual que la nuestra. (continúa) | ||
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